11/01/09

Cuatro siglos de influencia europea

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Libros



Cuatro siglos de influencia europea
La obra de María Elena Muñoz supera en amplitud y profundidad el enfoque de Manuel Arturo Peña Batlle sobre problemas domínico-haitianos

Escrito por: JESÚS DE LA ROSA

En una ceremonia efectuada en el salón de Acto de la Dirección General de Aduanas fue puesto en circulación el libro ¨ La política internacional europea y sus efectos en la isla de Santo Domingo, Siglos XVI-XIX de la escritora y catedrática universitaria María Elena Muñoz, ex encarga de la División de Estudios Jurídicos Internacionales de la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, actual embajadora, asesora de la Comisión Bilateral Domínico Haitiana.
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Es un ensayo geopolítico acerca de las incidencias que por más de cuatro siglos mantuvieron los estados europeos en la isla La Española y que culminaron con las formaciones de los Estados dominicano y haitiano.
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En el libro se destaca el hecho de que la historia haya registrado, desde tiempos remotos, movimientos migratorios de pueblos y de sectores sociales que, huyendo de persecuciones étnicas, políticas o religiosas se vieron obligados abandonar las tierras que los vio nacer y establecerse en otras que les brindaban la tan ansiada libertad.
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En su libro Muñoz analiza a fondos temas como la cosmovisión europea de finales del siglo XVI; la expulsión de los judíos del Imperio español; el nacimiento y desarrollo del capitalismo europeo; los grandes descubrimientos geográficos de finales del siglo XV; la reforma luterana; el surgimiento y desarrollo de la piratería; las repercusiones de las políticas europeas en la Isla de Santo Domingo; las devastaciones de Osorio; el origen y desarrollo del Santo Domingo Francés; la evolución jurídica de la frontera domínco haitiana; los tratados de Ryswick, Aranjuez y Basilea; el origen de Haití, la primera República negra del Continente; la política monopolista de España y la formación del sentimiento nacional dominicano; la guerra de la Reconquista de Sánchez Ramírez; la Independencia Efímera de Núñez de Cáceres; la Ocupación Haitiana; la Guerra de nuestra Independencia, la Guerra de la Restauración; y el intento de Buenaventura Báez de anexar la República Dominicana a los Estados Unidos.
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El licenciado José Chez Checo, Académico del Número de la Academia Dominicana de la Historia, tuvo a su cargo la lectura de la semblanza de María Elena Muñoz, pudiendo, sin exagerar, apreciar en toda su significación la talla intelectual de la historiadora y otrora dirigente de la izquierda dominicana.
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La presentación estuvo a cargo del doctor Bolívar Troncoso Morales, quien, en una excelente exposición, destacó los temas más importantes de la obra, a tiempo en que manifestaba estar seguro de que el libro despertará entre otros investigadores el interés en el quehacer histórico y político de nuestro país.
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Después de las intervenciones de Chez Checo y Troncoso Morales le tocó el turno a María Elena Muñoz. Y fue en ese momento cuando nos llevamos la gran sorpresa. Pensábamos que, como se estila en las puestas en circulación de libros, la autora se iba a limitar a dar las gracias a los asistentes y a invitarlos a adquirir la obra y a participar en el brindis de ocasión. Pero no resultó así. Haciendo burlas de los supuestos de su edad expuestos por quienes la antecedieron en el uso de la palabra, la autora habló y accionó delante de un público que no paraba de celebrar sus ocurrencias.
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Después entró de lleno en la explicación de los fundamentos de su obra. Explicó con lujos de detalles las razones que impulsaron a millones de europeos a aventurarse al otro lado del Atlántico y los aportes de éstos a las sociedades receptoras compuestas fundamentalmente por descendientes de europeos nacidos en esta parte del mundo, indígenas, mestizos y poblaciones de origen africano. Destacó cómo este aporte las revitalizó, contribuyendo de ese modo a la formación de las modernas naciones iberoamericanas, pluriétnicas y pluriculturales.

Pensábamos que las aguas del tema de la diversidad de origen y formación entre el pueblo dominicano y haitiano se habían paralizado en las obras ¨ La Isla Tortuga ¨ ¨ El Origen del Estado Haitiano ¨ e ¨ Historia de la Cuestión Fronteriza Dominico- Haitina¨ de Manuel Arturo Peña Batlle. Creíamos que, al efecto, no quedaba más nada que decir. Que don Chilo lo había dicho y escrito todo.

La lectura de ¨ La política internacional europea y sus efectos en la isla de Santo Domingo, Siglos XVI- XIX ¨ de María Elena Muñoz ha hecho que cambiemos de parecer. Ahora creemos que en el libro de María Elena Muñoz se supera en amplitud y profundidad el enfoque de don Chilo de los problemas de la relación de vecindad entre República Dominicana y Haití.

Claro está que a la hora de comparar las obras de Manuel Arturo Peña Batlle con las de María Elena Muñoz habrá que tomar muy en cuenta el ambiente de represión política en que vivió el primero y lo relativamente efímero de su existencia (Manuel Arturo Peña Batlle murió a la edad de 52 años) en contraste con el ambiente de democracia y de libertad en que se ha desenvuelto la ya de por sí larga vida de María Elena Muñoz.

Los proyectos literarios de Peña Batlle pesan más que sus realizaciones.
De la que habría de ser la obra cumbre de Manuel Arturo Peña Batlle, nos referimos a su proyecto ¨ Historia de la Formación del Estado Haitiano ¨ don Chilo apenas pudo terminar de escribir un capítulo, y mientras lo hacía la muerte lo sorprendió. En tanto que María Elena Muñoz a pesar de su mayor tiempo vivido, todavía escribe y todavía es mucho de lo que de ella se espera.

Hoy, Areito. Santo Domingo, RepDom.,
10.1.09
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27/08/07

"Limón Reggae" Novela dura para El Salvador, Costa Rica y Limón: Ana Cristina Rossi



“Los centroamericanos estamos totalmente ninguneados. ¿Qué somos en la literatura?”



Ana Cristina Rossi habla sobre su novela Limón Reggae.


Jacinta Escudos
Centroamérica21

Ana Cristina Rossi continúa hablando sobre su novela Limón Reggae y los temas contenidos en ella. En la segunda y última entrega, la conversación se centra en la parte de la novela relacionada con Costa Rica, pero también en los motivos por los cuales dejó de publicar con Alfaguara.
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La novela se presentará en el marco del Primer Encuentro de Estudios Culturales Centroamericanos que tendrá lugar en San Salvador a partir del 12 de octubre de 2007.
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El libro es duro no sólo para El Salvador sino también para Costa Rica y también para Limón, para los afro descendientes. Ana Cristina Rossi fue incorporada el martes 21 de agosto recién pasado a la Academia Costarricense de la Lengua.
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Es cierto, el libro no queda bien con nadie. Al principio se da eso que cuenta uno de los personajes, que los afro descendientes eran abiertos, amaban a los costarricenses. Y golpe tras golpe, al ser excluidos de la fuerza de trabajo, algo que pocos costarricenses saben, se fueron cerrando. Y fueron excluidos por el color; llegaban los afro descendientes a pedir trabajo y decían “pero yo soy costarricense”, “sí”, les contestaban, “pero véase su piel”. Entonces ahí está la razón de su rechazo. En la novela exploro mucho las consecuencias de eso, que son tremendas.

Una de las cosas duras que contás en la novela es cómo se hacen las expropiaciones para formar el Parque Nacional de Cahuita, uno de los más populares entre los turistas que van al Caribe...
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Costa Rica vende imagen de país ecológico pero lo que le pasó a los dueños es muy duro. Fijate que una vez yo estaba hablando de eso y Epsy Campbell (ex candidata a la vice presidencia) cuyos padres fueron expropiados de Cahuita se puso a llorar. Además estuvo lo de la monilia, el hongo que muchos aseguran fue regado por avionetas sobre sus terrenos para obligarlos a vender.
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Sigue habiendo un diálogo de sordos. La manera en que lo planteo en la novela es la que yo escogí aunque quizás no sea la más conveniente para el diálogo, porque la novela se iba a presentar ahora para el Festival del Negro que es en agosto, pero se decidió no hacerlo. Ellos (los afro descendientes) quieren discutir sus problemas entre ellos. Son pocos los que aceptan discutirlo con los mestizos.
El momento se ha llegado para un diálogo porque Limón no está integrado al resto de la nación.
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El libro en su conjunto me deja sensación de gran desesperanza. ¿Refleja eso tu visión de este momento en Centro América?…
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Sí, y en el mundo. Yo creo que la humanidad no tiene solución. Tengo una hija con doctorado en ecología en Cambridge y a través de ella tengo siempre acceso a las últimas opiniones científicas. Y este mundo para salvarse tiene que hacer unos cambios muy drásticos y no los va a hacer. Yo presiento que sólo un milagro puede salvar a la humanidad. Hay un montón de gente con conflictos y en este momentos las utopías personales son lo único que hay; tal vez por ahí tengo una esperanza pero condenada a muerte porque los científicos cercanos y la información que he buscado me indican que si no se aplican cambios drásticos ya, ahora, no dentro de 5 o 10 años, la humanidad está condenada a perecer.
Quizás la desesperanza es en realidad mi realismo. Tengo una pequeña esperanza pero creo que es más grande la desesperanza o el realismo que tengo.
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¿Qué objetivos te planteaste con este libro?
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Uno, plantear el asunto de la degradación que me obsesiona. Es querer desmontar algo que todavía no entiendo, es querer explicar “eso” (como se le llama en el libro), porque por ejemplo yo vi cuando los jóvenes franceses lo incendiaban todo, es una locura, es como querer ensañarse contra los más débiles.
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Y segundo, hablar de la gesta del pueblo salvadoreño. Me parece que nunca ningún pueblo ha hecho tantos sacrificios y tanto acto heroico y nunca ningún pueblo ha sido tan valiente y tan golpeado. Los golpeaban, los masacraban pero se levantaban y seguían peleando. No existe otra experiencia como ésa, con todo lo bueno y todo lo malo que pudo tener. La guerra impone imperativos que son camisas de fuerza y construir cambios interiores desde la guerra es imposible porque estás matando. La guerra vuelve loca a la gente.
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Yo estoy segura que hay mucha gente allá que está enferma todavía por la guerra...…y más porque la perdieron, si la hubieran ganado habría más posibilidades de sanar pero al ser perdida no hay posibilidad, en eso me parece que es más sano Nicaragua. La tuvieron, la ganaron y la perdieron. Por eso quizás allá hay menos violencia, hicieron su revolución aunque después se las quitaran. El nicaragüense por lo menos tiene una sensación de orgullo personal todavía por eso, porque ganó su guerra, aunque ahora esté en la miseria.
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Más de alguno se preguntará por qué, luego de publicar en Alfaguara, publicás ahora en Editorial Legado que, con todo el respeto que me merece el trabajo de Sebastián Vaquerano, es en realidad una pequeña editorial local, no conocida internacionalmente.
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Comienzo eso con una anécdota. Cuando iba a salir la novela la gente decía “Limón Reggae debe ser malísima, ¿no ves que por algo no se la publicó Alfaguara?” Es la idea que tienen de Alfaguara, que es lo máximo.
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Lo que pasó es que hubo muchos malentendidos con ellos. Alfaguara es una transnacional que discrimina a los centroamericanos y sólo los españoles pueden circular por el mundo; pese a que Limón Blues ganó varios premios nacionales e internacionales, y que guste y sea pedida, que va ya por la 5ª edición y hay una edición cubana, Alfaguara le pone barreras para circular en otros países. Entonces ¿qué sentido tiene publicar con ellos?
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Yo publiqué en Alfaguara con mucha ilusión pero no por el prestigio del sello sino porque era una manera de abrirse un caminito a salir, por lo menos al resto de Centro América. Pero cada filial de Alfaguara funciona como una empresa aparte, y si te ponés a verlo, Alfaguara y Legado son igual, empresas locales, con la ventaja de que Legado tiene un libro más barato y tiene más disponibilidad para hacerlo circular en Centro América, si el libro lo permite. Eso depende de cómo se comporte el libro. No hay tanta diferencia a nivel de estructura entre ambos. Alfaguara Costa Rica sólo tiene que ver con Costa Rica no tiene que ver con México ni con España y ése es el engaño.
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La gente me dice “cómo bajaste de calidad” pero no bajé de calidad. Para la gente que cree que el sello lo es todo bajé de calidad, pero es lo mismo salvo que Alfaguara es una transnacional española que si quisiera podría hacer circular a escritores pero no quiere por una política que tienen. Este libro es la denuncia de todo ese mundo neoliberal y me parecía que si Alfaguara se comportaba como una transnacional lagarta, no debía publicarla con ellos.
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¿Ni siquiera les ofreciste la novela entonces?

Ana Cristina Rossi


Sí pero ya no les ofrecí esta última versión. Mi agente les ofreció una de las versiones a Alfaguara Guatemala y Alfaguara El Salvador, porque por el tema debía interesarles, pero la decisión debía tomarla Alfaguara Costa Rica y me ofrecieron muy poca circulación en el exterior. Eso era inaceptable para mí, no hubo entendimiento y Alfaguara Costa Rica no quiso negociar.
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Por eso preferí publicar con Sebastián. Además me parece que en estos momentos de segmentación de mercado hay que darle un chance a las editoriales pequeñas, así es que vamos a ver qué pasa. De por si tendré mejor distribución a nivel de Costa Rica de la que tenía antes, ya que como vos sabés, aquí el monopolio sobre los libros de Alfaguara lo tiene una sola librería.
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Lo que tengo de Alfaguara es una visión realista que la gente que está afuera y que nunca ha publicado no tiene y es que Alfaguara es una transnacional como una del agua o de telecomunicaciones, y ya sabemos cómo tienen a otros países.
En la lógica del capitalismo es así como funcionan y eso no funciona para los objetivos que tiene uno como escritor. Uno piensa en la mayor distribución posible del libro. Por ejemplo, Limón Blues nunca llegó a Honduras, pero el Caribe les interesa y se la agenciaron para comprarlo. Eso es un triunfo, que el libro logre circular a pesar de los impedimentos que puso la editorial.
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Los centroamericanos estamos totalmente ninguneados, ¿qué somos en la literatura? Nada. ¿Por qué?
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Pues yo también me lo pregunto porque tenemos un montón de buenos, excelentes escritores en cada país, que están escribiendo cada cosa interesante… …es que no somos comerciales. Y Alfaguara me lo dijo muy claro, que a partir del 2003 la línea es comercial. Entonces que les vaya bien. Cuando quieran que yo vuelva, ellos saben que yo pido por lo menos distribución centroamericana. Limón Blues tenía contrato de distribución general en todos los países de habla hispana, pero no cumplieron eso.
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Limón Blues debería estar en toda ciudad de Sur América pero por supuesto no está. Sacar la edición cubana costó porque Alfaguara no la quería autorizar. Así es que cuando Alfaguara se quiera comportar de manera decente, que me avise. Ojalá Alfaguara cambie, y se dieran cuenta de que hay buenos escritores en Centro América y apostaran por ellos pero no por lo comercial sino por lo literario. ¡Que nos manden a España y que apuesten! En ese sentido Legado apostó por mí y yo me siento mucho más cómoda.
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Además la edición está muy bonita…
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Sí, es el libro más bonito que he tenido.
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Ahora que ya estás clara de que el proyecto sobre Limón es una trilogía, ¿de qué va la tercera novela?
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No lo puedo decir porque se ceba, se sala. Pero sí tendrá que ver con Limón.
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¿Y luego que concluyás con la trilogía, ya tenés pensado algún proyecto?
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Dos novelas pero igual, no puedo adelantar nada porque se ceba. Pero tengo muchas ganas de terminar ya sobre Limón. Luego tengo un libro que quiero sacar de ensayos y poesías traducidos de los periódicos de Limón pero necesitamos financiamiento. Pero eso es otra cosa. Después quiero escribir cosas que me diviertan, ya no más cosas tristes.

Jacinta Escudos
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13/07/07

Rihla



RIHLA


Prácticamente todas las reseñas y comentarios existentes en la red sobre esta novela coinciden en una sola cosa: ninguna o ninguno le hace justicia. El lector que tenga la suerte de hacerse con un ejemplar de “Rihla” se encontrará con una obra de esas cuyas imágenes no se apartan de la mente por largo tiempo.

Supongo que, en lo que a mí respecta, manifiesto un entusiasmo sospechoso por ésta novela debido a mi origen sudamericano. Puede ser —uno de los puntos positivos de “Rihla” es su visión de los pueblos aborígenes americanos, tan cruda y admirable al mismo tiempo—, aunque no es lo mismo ser peruano que mexicano.

Pero nos estamos perdiendo en detalles. Mejor centrémonos en una de las novelas de fantasía (y acaso ciencia ficción, si resultase cierto que la magia esconde el conocimiento de leyes científicas desconocidas) más fascinantes de los últimos años. El paquete completo es un bocado más que apetecible para quienes podemos denominarnos “latinos”, de ambos lados del charco: involucra a andaluces, granadinos, turcos, eslavos y mexicas. Sin contar los seres no-humanos, y no me estoy refiriendo a animales…

La historia se inicia con las pesquisas del intelectual —faquih o erudito— granadino Al Ayzar, peninsular de ancestros romanos. En el decadente reino de Granada de fines del siglo XV, conseguirá un antiquísimo mapa que señala la existencia de un territorio desconocido para la sociedad de su tiempo, situado entre la India y Europa. Además de riquezas y eventuales aliados, dicha tierra podría ser la clave de un antiguo misterio.

Convencido de la existencia de esa tierra incógnita, Al Ayzar decide aventurarse en las aguas del temido océano Atlántico, para lo cual reúne una tripulación entre aguerrida y enigmática —guerreros abencerrajes, un piloto cristiano, un turco que manifiesta poseer un oscuro conocimiento de la magia, acorde con su más que sorprendente identidad, sugerida al lector de manera inequívoca—, dispuesta a seguir al faquih en su aventura.

Bastaría lo escrito hasta el momento sobre Rihla para afirmar que estamos ante una de las novelas más imaginativas que se hayan escrito. No es cosa de todos los días imaginar una expedición musulmana a América anterior al viaje de Cristóbal Colón. Y por si no lo saben, Juan Miguel Aguilera tiene una gran capacidad para dotar de verosimilitud a lo que cuenta. Uno no puede más que pensar que, efectivamente, las cosas pudieron haber ocurrido así…

Pero la verdad es que lo anterior no es más que el principio. El viaje al nuevo mundo está lleno de aventura y acción trepidante, sin dejar de lado el aspecto fantástico que nos gusta tanto. Nada más pisan tierra americana —o más precisamente méxica—, nuestros héroes inician un nuevo ciclo de aventuras que bien podría haber dado lugar a la división de Rihla en dos partes (negocio seguro para la editorial, digan que no). El hecho es que TODO lo que ocurre en el nuevo mundo es algo que literalmente lo pone a uno al borde del asiento, sin ánimo de soltar el libro ni un instante.

Además del inicial y cruento contacto con guerreros mexicas, Al Ayzar tomará contacto con otros aspectos de dicha, llegando incluso a dudar de su propia fe musulmana al descubrir el asombroso cúmulo de conocimientos que sobre el planeta y el espacio exterior tienen los mexicas, accediendo a una realidad oculta de resonancias lovecraftianas. Es tentador seguir escribiendo sobre los intentos de Al Ayzar por entender la cultura mexicana, que al principio le repele y aterra, pero que al mismo tiempo lo tienta con aquello que buscan los eruditos de todos los tiempos: el conocimiento. Más allá de la sangre y la guerra, o tal vez como parte de ambas, hay una verdad cuyo develamiento puede ser tanto o más aterrador que cualquier sacrificio humano.

Hay que felicitar también al autor por no haberse dejado amedrentar por el “politicorrectismo” que consiste en ocultar o disimular ciertos aspectos de las culturas precolombinas que no suelen considerarse parte de ningún “legado cultural”. En Perú, por ejemplo, los textos escolares de mi infancia incidían en tratar sobre las maravillas arquitectónicas de los incas y en su magnífica capacidad de previsión. Pero pocas veces se mencionaban las prácticas realizadas sobre los vencidos en las numerosas guerras que tuvieron con pueblos vecinos, ni que tuvieron la costumbre de realizar sacrificios humanos (la llamada “momia Juanita” es uno de ellos). El reciente estreno de Apocalypto de Mel Gibson y las consiguientes reacciones de algunos espectadores contra su supuesta visión denigrante de los americanos precolombinos nos demuestra que, por el momento, seguimos sin conocernos realmente, sin aceptar lo bueno y lo malo que tienen todos los seres humanos de todas las épocas. Apocalypto, a veces , permite visualizar algunas de las escenas descritas en Rihla, y otras veces, palidece frente a algunas descripciones de sacrificios humanos encontradas en el libro.

El autor se ha documentado bien acerca de las costumbres de los antiguos pueblos mesoamericanos, además de la particular cosmovisión que se encontraba detrás de las mismas, magistralmente utilizadas para crear una cosmosivión propia y muy imaginativa. Puede resultar incongruente considerar civilizado a un pueblo que literalmente adora verter sangre, ya sea propia o ajena, pero todo tiene su explicación. No olvidemos que incluso una institución capaz de matar, torturar y quemar vivos a seres humanos, como la Inquisición, tuvo detrás suyo un trasfondo religioso-cultural que permitía a sus ejecutores dedicarse a tan infamantes tareas con la conciencia tranquila, creyendo —al menos tal era el objetivo manifiesto— cumplir la voluntad de Dios y el objetivo de la religión: salvar las almas de los hombres.

A menos que, como en “Rihla”, exista una verdad más allá de todo lo imaginable. No por nada, la portada de la excelente edición de Minotauro pone “un viaje iniciático al nuevo mundo”. Tal vez nosotros mismos debamos empezar ese viaje.

Velero25
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26/06/07

Georges Perec y Littérature Potentielle

Georges Perec



Georges Perèc y Littérature Potentielle


Dr. Adolfo Vásquez Rocca
A propósito de la publicación de “Me acuerdo” de Georges Peréc, libro de culto tantas veces citado y nunca antes traducido al castellano, la genial e inclasificable obra maestra de Georges Perèc, una de las cumbres de la literatura contemporánea presento -en un Dossier- una reseña de la extensa obra del autor.

A continuación una completa reseña de la Obra de Georges Perèc y dos Ensayos sobre su obra:

“Me acuerdo”
Georges Perèc

Tamaño: 12,3 x 20 cm.
Nº de páginas: 192
Rústica con solapas
ISBN: 84-935047-7-7
Edición: 1ª 2006 – Reedición 2007

Compuesto por 480 anotaciones breves que comienzan todas al grito, o susurro, de "Me acuerdo" (Je me souviens), sus páginas trazan un extraordinario recorrido por la memoria particular y colectiva más reciente, y lo que comienza siendo un mero ejercicio acaba convertido en una experiencia vital, traviesa, rebelde, que atrapa al lector y lo transporta al límite de lo que significa la verdadera literatura.

Según Perèc, Me acuerdo "no son exactamente recuerdos, y desde luego, de ninguna manera, recuerdos personales, sino pequeños fragmentos de diario, de cosas que tal o cual año, todo el mundo de una misma edad vio, vivió, compartió y, después, olvidó [...]. Sucede que, sin embargo, vuelven de nuevo, unos años más tarde, intactas y minúsculas, por casualidad o porque las hemos buscado, una noche, entre amigos".

"Uno de los escritores franceses más significativos de las últimas décadas, y una de las personalidades literarias más singulares del mundo, hasta el extremo de no parecerse a nadie."

"Reduciendo su memoria a una pila de frases sin atractivo literario, nos enseñó que la literatura en esencia es eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdo". Italo Calvino.
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Leer la reseña del Dr. Vásquez Rocca en el siguiente enlace:

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02/06/07

Si Latinoamérica hubiera sido conquistada por Inglaterra y Estados Unidos por España


J.H. Eliot



En un ejercicio especulativo anclado en la Historia pero no exento de imaginación, Fernando Cervantes toma como pretexto un libro recientemente publicado por el especialista y académico J.H. Elliott, y elabora una pregunta sugestiva: ¿qué habría pasado si Latinoamérica hubiera sido conquistada por los ingleses y Estados Unidos por los españoles? Con base en las estructuras coloniales de ambos imperios, sus puntos de encuentro y ruptura, Cervantes establece una comparación que no fabula en torno a un futuro imposible, sino que arroja luz sobre un momento seminal para la humanidad.

La otra conquista
Fernando Cervantes

Imagine usted cómo sería el mundo hoy en día si Enrique VII hubiese querido financiar el primer viaje trasatlántico de Cristóbal Colón, y si después un cuerpo expedicionario de ingleses hubiese conquistado México para su hijo, Enrique VIII. ¿Sería acaso América Latina una sociedad próspera y pluralista, firmemente arraigada en la economía capitalista del Primer Mundo, y Estados Unidos un conjunto de enclaves fuertemente endeudados, que exhibirían formas anticuadas de cultura barroca?

En la última página de "Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America 1492-1830" , J.H. Elliott aborda esta cuestión esgrimiendo un argumento que no es fáctico y que, a primera vista, podría parecer sorprendente pero que de ninguna manera resulta inverosímil. El autor cree que la conquista de México por los aventureros ingleses hubiera provocado un enorme aumento en la riqueza de la corona inglesa, al fluir hacia sus arcas cantidades cada vez mayores de plata. Esto, a su vez, habría fomentado el desarrollo de una estrategia imperial coherente, con todo y la creación de una burocracia que gobernara a los colonizadores ingleses y sus grandes poblaciones sojuzgadas.
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Como resultado de ello, la influencia del Parlamento en la vida nacional de Inglaterra se habría visto drásticamente acotada y es muy probable que la monarquía inglesa hubiera evolucionado siguiendo los principios del absolutismo. Podrían hacerse otras hipótesis, asombrosas mas no por ello poco plausibles, y añadirlas a la especulación característicamente mesurada de Elliott. Con las arcas llenas, es poco probable que Enrique VIII hubiese desmantelado los monasterios; y, al tener bajo su férula a una enorme cantidad de pueblos recientemente conquistados, sedentarios y comparativamente civilizados, sin duda se habría esforzado al máximo por desempeñarse como Defensor de la Fe... título que el papa León X le había conferido por defender la doctrina católica en contra de Lutero.
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Así, Inglaterra habría apoyado la fundación de misiones católicas y, alimentada por un renovado arrojo y un sentimiento de predilección divina, tal vez la cultura moderna inglesa hubiera sido, en sus albores, firmemente católica. Mientras tanto, España habría permanecido en un estado de pobreza relativa. Sin dinero, es poco probable que Carlos de Gante hubiera sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano y cualquier idea de una monarquía española unificada se habría visto debilitada sin remedio tras la muerte de Isabel de Castilla en 1504 y de Fernando de Aragón en 1516.
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Habría continuado el pluralismo racial y religioso, así como la tolerancia relativa, que caracterizaba la cultura medieval española y, a partir de la década de 1530, ya no se habrían reprimido los coqueteos de los erasmistas con grupos cada vez mayores de luteranos, lo cual habría llevado al establecimiento de importantes enclaves protestantes, en toda la península, hacia mediados del siglo XVI.
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A su vez, a estos grupos no les habría sido difícil obtener el permiso real para emigrar a las regiones del Nuevo Mundo que aún no estaban bajo el control de la monarquía católica inglesa. Como la mayor parte de dichas regiones habrían estado escasamente pobladas, los emigrantes españoles no habrían tenido más remedio que desarrollar un enfoque de colonización basado en los lazos entre los distintos enclaves comerciales, reforzando así los aspectos individualistas y mercantiles de la tradición medieval española, en vez del enfoque de conquista y colonización que los ingleses habrían adoptado por evidentes razones.
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Como podemos ver, después de todo, el mundo quizá no sería muy distinto hoy en día si Enrique VII hubiera financiado a Colón. Naturalmente, la intención de Elliott no es tratar de ofrecer una respuesta a estas interrogantes.
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Sin embargo, los argumentos especulativos muchas veces ponen de manifiesto cuán estimulante puede ser la historia comparativa, sobre todo cuando se lleva a cabo con el meticuloso cuidado y el asombroso dominio que pueden admirarse prácticamente en todas las páginas de este estupendo libro. Elliott nos dice que las dicotomías tajantes no lograrán "hacer justicia a las complejidades del pasado"; pero las semejanzas, cuando ignoren las diferencias, también tenderán a "ocultar la diversidad bajo una unidad artificiosa".
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Por eso, añade, "los movimientos necesarios para escribir historia comparativa son similares a los que se hacen al tocar el acordeón. Uno junta las dos sociedades que quiere comparar únicamente para volverlas a separar. Después de todo, resulta que las semejanzas no son tan claras como parecía a primera vista; uno descubre diferencias que, a simple vista, yacían ocultas". Y, aun cuando fracasan, "las comparaciones pueden ayudar a los historiadores a sacudirse sus provincianismos al suscitar nuevas preguntas y ofrecer nuevos puntos de vista", como añade Elliott con innecesaria modestia.
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Por ejemplo, uno de estos nuevos enfoques aparece cuando Elliott nos recuerda que tanto Castilla como Inglaterra eran "potencias protocoloniales" mucho antes de que adquirieran territorios en el Nuevo Mundo.
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Al igual que Andalucía en el caso de Ovando, Cortés y Pizarro en España, los ingleses habían considerado desde hacía mucho tiempo que Irlanda era un útil campo de pruebas para el imperio... y, en efecto, allí fue donde Gilbert, Raleigh, Carew y Grenville hicieron sus pinitos. Y, sobre todo, aunque cada una era gobernada por un monarca, Inglaterra y España estaban integradas por distintos reinos y territorios que contaban con sus propias y características tradiciones y formas de gobierno.
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En otras palabras, eran lo que Elliott llama "monarquías compuestas". Y aunque dieron origen a dos mundos coloniales distintos, con características políticas marcadamente divergentes, también hubo sorprendentes puntos en común en sus enfoques.Por ejemplo, es bueno recordar que la conquista de México, en 1521, coincidió con la rebelión de los comuneros de Castilla, quienes exigían que el bienestar de la comunidad dependiera de una relación contractual debidamente constituida entre el gobernante y el gobernado; dicha demanda fue adoptada rápidamente por Hernán Cortés y sus seguidores.
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Esto dio origen a una concepción del Estado que era esencialmente patrimonial, en donde el gobernante y sus súbditos formaban una comunidad orgánica (corpus mysticum), diseñada para permitirles a sus miembros vivir bien y llevar una existencia sociable bajo el dominio benevolente de su monarca. Claro que, en la práctica, en la América española había demasiado en juego como para permitir el tipo de enfoque no intervencionista que, al principio, caracterizó la política de los Estuardo en Norteamérica. La idea jurídica del poder real absoluto siempre podía usarse para anular las obligaciones contractuales de la corona española.
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La aplicación exitosa de esta idea pronto se reflejó en la creación de un sistema de gobierno virreinal que, como afirma Elliott, "bien podía ser la envidia de los monarcas europeos, quienes se esforzaban por imponer su autoridad sobre los nobles recalcitrantes, las corporaciones privilegiadas y los estados revoltosos". Como alguna vez dijo Francis Bacon, se sabía que el virrey Antonio de Mendoza había comentado que Perú "era el mejor lugar que había dado el rey de España, con la salvedad de que ¡estaba demasiado cerca de Madrid!".
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No obstante, es demasiado fácil exagerar la eficacia del sistema. Si bien es cierto que a la América española nunca se le permitió establecer sistemas formales de representación, esto no impidió que sí se desarrollaran otros aparatos institucionales, principalmente el cabildo o ayuntamiento, ni que se difundiera el uso de la fórmula ritual "obedezco pero no cumplo" entre los funcionarios que consideraban inadecuada o injusta una orden real. "Esta fórmula", explica Elliott, "que se incorporaría a las leyes de las Indias en 1528, ofreció un mecanismo ideal para contener la disensión y evitar que los pleitos se convirtieran en un enfrentamiento abierto".
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Existen claros puntos de convergencia entre esta fórmula, que fue ampliamente utilizada, y algunas de las prácticas del sistema colonial británico. Aun si los colonizadores ingleses no pudieron recurrir nunca de manera explícita a una expresión ritual similar, siempre tenían la posibilidad de negarse a acatar una orden real argumentando que el monarca no estaba bien informado. Esto a su vez llevó a reconocer la importancia fundamental de la autoridad real y la obligación que tenían los funcionarios coloniales de comportarse, al igual que los virreyes de la América española, como la "imagen viviente" del rey.
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Se decía que lord Cornbury, gobernador de Nueva York y Nueva Jersey de 1702 a 1708, se vestía para parecerse a la reina Ana, su soberana, pero, claro, es probable que semejantes declaraciones no fueran más que el resultado de los intentos difamatorios de sus enemigos por desacreditarlo; sin embargo, el hecho de que pudiera decirse semejante picardía sugiere que los funcionarios reales ingleses, al igual que sus homólogos españoles, eran la parte medular de un sistema donde "la etiqueta y el ritual reproducían, en un microcosmos, los de la corte real".
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Además, tanto el sistema británico como el español se caracterizaban por un alto grado de pluralismo legal.La existencia de privilegios locales (fueros) en España se reflejaba en Inglaterra en la competencia de los juzgados de derecho consuetudinario; había múltiples cortes que contaban con sus propias formas de jurisdicción: tribunales eclesiásticos, marítimos, de derecho mercantil, locales y señoriales, así como tribunales privilegiados como la Cámara Star. En los dos mundos coloniales, semejante pluralismo se manifestó sobre todo en el cuidado que pusieron los colonizadores ingleses, al igual que los españoles, al tomar en cuenta las circunstancias locales específicas en numerosas instancias de legislación ad hoc y de adaptación a las costumbres y tradiciones locales.
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En la práctica, claro está, estas iniciativas circunstanciales se expresaron muchas veces de formas contrastantes. Y esto es especialmente evidente en los enfoques, muy distintos, que adoptaron las dos naciones en relación con la evangelización de los habitantes nativos.
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Para principios del siglo XVII y a pesar de sus terribles decepciones, los logros de España en este ámbito fueron lo bastante impresionantes como para que William Strachey se los presentara como un ejemplo meritorio a sus compatriotas ingleses, cuando éstos se disponían a colonizar Virginia. Sin embargo, los ingleses nunca lograrían nada siquiera remotamente comparable.
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Las razones de ellos son bastante claras. Para empezar, la Reforma en Inglaterra había acabado con las órdenes religiosas, que fueron el principal motor de la evangelización en la América española. Además, a principios del siglo XVII la Iglesia anglicana no gozaba del pleno apoyo de la Corona y, de cualquier modo, no estaba en posición de diseñar ni poner en práctica un programa amplio de evangelización, dado que todavía luchaba por establecerse en casa. El hecho de que ni siquiera tuviera el monopolio de la vida religiosa hizo que las colonias inglesas pronto se convirtieran en un campo de tensión entre las distintas sectas. Y a pesar de que Thomas Maydew y John Eliot sí lograron aprender las lenguas nativas en un esfuerzo por convertir a los indios, también se vieron obligados a depender de donativos privados y asociaciones de voluntarios para llevar a cabo proyectos que, en la América española, sin duda habrían contado con el apoyo oficial.
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Es cierto que, en ciertos aspectos, sobre todo en la ausencia de la coerción, el enfoque que tenía Inglaterra hacia la misión es bastante favorable si se le compara con el de España: "No con la punta del espadín ni con el disparo del mosquete... sino con los medios justos y amorosos que armonicen con nuestra naturaleza inglesa", como dijo Robert Johnson en 1609. No obstante, esta tolerancia religiosa dio lugar, irónicamente, a una intolerancia mucho mayor que en la América española en lo que respecta a la conducta y los asuntos civiles. En Hispanoamérica, la influencia del incansable dominico fray Bartolomé de las Casas y de sus seguidores fomentó la creación de un clima moral que hizo que la Corona española adquiriera conciencia de sus obligaciones para con los indios.
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Esto a su vez originó el compromiso de garantizar la justicia en todo el mundo hispánico algo que, como dice Elliott, "por su continuidad y fuerza, difícilmente tiene un paralelo en la historia de los demás imperios coloniales". Era un sistema que buscó integrar a los indios en "una sociedad orgánica y jerárquicamente constituida", que les diera la oportunidad de luchar por sus derechos "hasta la cima del sistema judicial", y donde los conflictos y tensiones entre los colonos españoles no afectaron la persistencia de una cultura "que no temía interactuar con la población que la rodeaba pues daba por sentado que, tarde o temprano, prevalecerían sus propios valores".
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Semejante confianza nunca se manifestó entre los ingleses, quienes, de hecho, acabaron por desmantelar los tribunales indios a raíz de que la Guerra del Rey Felipe (1675-76) les hiciera entender que no existía un punto medio entre la anglicanización y la exclusión. Estas actitudes se hicieron trágicamente evidentes en la práctica de la esclavitud. La trata de esclavos, tal y como la desarrollaron los portugueses, y luego la adoptaron los holandeses y los ingleses, creó condiciones que, como lo observa Elliott, fueron "uniformemente bárbaras" en la América británica. Por el contrario, los abusos contra los esclavos en el mundo hispánico con frecuencia quedaron mitigados por el socorro de las órdenes religiosas y también porque los esclavos fueron capaces de seguir el ejemplo de los indios y jugar el juego siguiendo las reglas que marcaban los españoles.
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Por ejemplo, en su lucha por garantizar su derecho a casarse o a ser libres, los esclavos de la América española tuvieron el acierto de hacerse de la ayuda de la iglesia y la Corona en contra de la insistencia de sus amos en mantenerlos en un estado de servidumbre. La situación en las colonias de la América británica, en donde el amo vio cada vez más restringida su propia capacidad para liberar a sus esclavos, fue totalmente distinta.Por consiguiente, podemos decir que la temprana imposición de la ortodoxia religiosa en la América española fue algo favorable, sobre todo si consideramos que el fracaso de una evolución similar en Nueva Inglaterra evitó que se desarrollara cualquier sentimiento de cohesión interna, lo cual dio la impresión de "una sociedad atomizada en un estado continuo de agitación", como la describe Elliott.
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Por el contrario, gracias a la coherencia y riqueza de su vida cultural, la América española superó por mucho a la británica a finales del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII. Las poblaciones de Boston (16 mil habitantes), Filadelfia (13 mil) y Nueva York (11 mil) se vuelven insignificantes si se les compara con las de la ciudad de México (112 mil), Lima (52 mil), La Habana (36 mil), Quito (30 mil) y Cuzco (26 mil). En todas estas ciudades, las élites civiles compartían un lenguaje religioso y cultural, y las cortes virreinales constantemente transmitían las tendencias más recientes de las distintas culturas cortesanas de la Europa barroca.
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Al carecer de este tipo de estructura, "no es de sorprenderse que los artistas estadounidenses más ambiciosos del siglo XVIII... hayan puesto la mira en Londres", comenta Elliott, mientras que "los artistas mexicanos y peruanos... no experimentaban la necesidad similar de viajar a Madrid".
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Lo mismo puede decirse, naturalmente, de los intelectuales barrocos de la talla de Carlos de Sigüenza y Góngora, y de sor Juana Inés de la Cruz, en el caso de México.Sin embargo, esta misma ventaja acabó por convertirse poco a poco en una debilidad fundamental. Como lo recalca Elliott, esto no sólo se debió a que fue mucho más difícil que una sociedad basada en una cohesión interna, que dependía de la uniformidad de la fe, se adaptara a nuevas ideas. Más importante aún fue, en este sentido, la extinción de la dinastía de los Habsburgo en España, al morir Carlos II en 1700; este suceso provocó el establecimiento de una nueva dinastía, la de los Borbones, después de la Guerra de la Sucesión Española (1701-14), y el consiguiente alejamiento del mundo hispánico de todas sus viejas conexiones internacionales.
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Dada la naturaleza radical de esta ruptura, resulta asombroso observar cómo la sucesión borbónica se llevó a cabo prácticamente sin que se registrara ningún incidente en la América española, a diferencia del tumulto que provocaron, en la América británica, los acontecimientos que acompañaron la Revolución de 1688 en Inglaterra. Al afianzar una sucesión protestante en Inglaterra y confirmar su futuro como una monarquía parlamentaria, la Revolución Gloriosa "aportó nuevas capas de ideología religiosa y política" al imperialismo británico, como lo señala Elliott.
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A partir de entonces, el protestantismo, la libertad y la empresa comercial se "entronizarían como los componentes, mutuamente reforzados, del carácter distintivo nacional que, durante las largas y agotadoras guerras contra la tiranía papista de Luis XIV, obtendría la ratificación máxima del éxito militar". Mientras tanto, la América española insistía en considerarse como parte integral de una monarquía compuesta a pesar de que Madrid, bajo la influencia de los nuevos reformadores borbónicos, había llegado a considerar este concepto como un anatema y a hablar el lenguaje de un Estado-nación unitario en donde el monarca recibía su poder directamente de Dios, sin ninguna mediación por parte de la comunidad.
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Estas circunstancias explican en gran medida por qué las distintas rebeliones que estallaron en ambas colonias, durante la segunda mitad del siglo XVIII, fueron fácilmente contenidas en la América española, mientras que llevaron irrevocablemente a la independencia del vecino del norte. Por otro lado, las colonias británicas tuvieron que enfrentar un régimen que proclamara su autoridad absoluta y, al mismo tiempo, hablara a medias el lenguaje de la monarquía compuesta... el de la libertad y los derechos. La consecuencia de ello fue que, como dice Elliott, "los lenguajes que hablaban Gran Bretaña y la América británica fueron, en un sentido confuso y peligroso, los mismos", dado que las dos regiones se habían "enfrascado, de forma por demás intrincada, en el conflicto más espinoso de todos... el conflicto por los derechos constitucionales".
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Por otro lado, las dos costas del Atlántico español en realidad hablaban sin entenderse: mientras que la Corona hablaba con el lenguaje del Estado-nación unitario, los americanos españoles seguían imbuidos de los conceptos tradicionales del contrato y el bien común, a pesar de que siguieran operando en el marco de la monarquía. Elliott nos recuerda que, aun después de que Napoleón invadiera España en 1808, seguía en pie la difundida esperanza de que "el endeble edificio del imperio de España en las Indias pudiera mantenerse todavía... gracias a una mezcla de lealtad y temor".
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Existe por lo tanto una extraña pero clara lógica en el hecho de que, mientras el Estado imperial español creó un marco indispensable para la vida colonial que fue mucho más completo y exitoso que el de su homólogo en la América británica, la desaparición de la estructura imperial en esta última les permitió a las colonias liberarse y manejar su vida como lo habían hecho antes. A diferencia de esto, la desaparición de la estructura imperial española dejó un vacío desesperante... vacío que, como pudo verse, los nuevos estados latinoamericanos no lograron llenar por no estar preparados para semejante tarea.
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Fernando Cervantes .
Académico de la Universidad de Bristol especializado en los orígenes de la América española. Autor, entre otros libros, de The Devil in the New World: the impact of diabolism in New Spain (New Haven and London, 1994).
Traducción de Katia Rheault.
Tomado de The Times Literary Supplement.
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04/03/07

El Emblema: Juan A. Piñera



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El Emblema
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JUAN A. PIÑERA
1979 Nacionalidad española

Juan A. Peñera:

Natural de Cieza, ingeniero técnico, combina la labor docente en la especialidad de electrónica con la escritura. Ha escrito artículos de divulgación científica y crítica.

En enero de 1943 la Segunda Guerra Mundial se está desarrollando. Científicos nazis investigan la construcción de la bomba atómica en el proyecto Uraniorum. El físico más importante de la instalación, Otto Maier, es el único que sabe que los resultados son definitivos, pero se niega a dar ese poder a Hitler. Por ello acude a uno de sus viejos conocidos, un miembro del Partido Nazi relacionado con conspiradores, para considerar el envío de los resultados clave fuera de Alemania. Para comprobar que es posible remite un mensaje de prueba, un mensaje codificado que llega a su destino, una comunicación de consecuencias insospechadas germen de una trama que se precipita oponiéndose a lo planeado.

¿Qué se representa en la bandera de los Estados Unidos? ¿Por qué fue cambiada la distribución de sus estrellas en 1959? ¿Qué relación existe entre el Día D, la primera bomba atómica y la edad de la muerte de Jesucristo?



En enero de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, científicos nazis investigan la construcción de la bomba atómica en un proyecto secreto denominado Uraniorum.El físico más importante de la instalación, Otto Maier, intuyendo que los resultados son significativos y que es vigilado de cerca, decide que Hitler no se haga con la valiosa información allí obtenida, acudiendo a uno de sus viejos conocidos, un miembro del partido nazi relacionado con conspiradores, para considerar el envío de los resultados clave fuera de Alemania. Para comprobar que es posible remite un mensaje de prueba, un mensaje codificado que llega a su destino, una comunicación de consecuencias insospechadas, germen de una trama que se precipita oponiéndose a lo planeado.

Breve fragmento:
(...)

Distanciados unos pocos centímetros, y sometidos por los instintos de cazador y presa, se enzarzaron en una lucha en gran parte desigual. El soldado, bien entrenado, no dudó en proyectarse sobre Hans amarrándole el cuello con decisión impertérrita mientras su rodilla derecha, situada sobre el esternón, lo aprisionaba con fuerza indómita dificultándole las inhalaciones. Hans no podía contraatacar, su única opción era clara: la astucia, a veces, daba resultado. Alzó su mano derecha y palpó con rapidez entre las fornidas piernas de su contrincante que, dominado por la vesania, continuaba ahogándolo sin cuartel.


Un fuerte alarido escapó de la garganta del nazi cuando Hans tiró con determinación de sus testículos. Se lo había quitado de encima sin respiración y casi sin tiempo. Tomó una bocanada de aire y se abalanzó sobre él lanzando un golpe que no consiguió encontrar objetivo. El soldado, sacando tajada del desequilibrio, lo abatió con un rápido juego de brazos provocando de nuevo la caída de Hans al barro, que sin vacilar, intentó ponerse en pie, mas la rápida determinación del atacante volvió a tumbarle. Ambos se encontraban exhaustos -el militar bastante menos-, desesperados y jadeantes en la carretera, sin tiempo que perder. Hans, tumbado boca arriba, con un hombro dañado y falto de aire, dudó por unos instantes que fueron suficientes para recibir un hábil golpe en el hocico. El líquido caliente comenzó a brotar cubriendo la mitad izquierda de su boca.


-Hijo de perra -gritó.
El combate estaba perdido, la sensación de derrota prevalecía sobre las demás. Como último recurso decidió rodar hacia su derecha intentando esconderse entre los arbustos. ¿Qué buscaba ese desgraciado para luchar a vida o muerte? ¿Por qué lo había perseguido a esas horas cuando se había asegurado que viajaba en solitario? ¿Estaría buscando el mensaje? ¿Quién lo enviaba?


Algo le impedía avanzar. El fiero empleado castrense le sujetaba con fuerza la pierna izquierda, estirándose con agilidad hacia él, encontrando su mano el rezagado pie que agarró instintivamente. Las nervudas sacudidas de Hans no eran suficientes para que aquella manaza opresora lo liberara. Aprovechando la situación, el soldado agarró el pie con la otra mano y con un acrobático movimiento se abalanzó sobre el costado de Hans.


El bien entrenado militar encontró lo que buscaba: unos valiosos segundos que fueron suficientes para levantarse y propinarle a su enemigo un fuerte puntapié en el costado. La lucha estaba ganada. De nuevo su húmeda y pesada bota encontró sus costillas. Hans emitió un quejido apagado. El dolor y la cara parcialmente ensangrentada le impedían agotar sus últimas posibilidades. El militar le arrancó el casco, agarró su cabeza y la golpeó contra el suelo una y otra vez hasta que Hans perdió el conocimiento. A continuación, y como gesto triunfal, también le arrancó las gafas y las lanzó hacia la oscuridad boscosa.
-¡Cabrón! -bramó el soldado-. Ya eres mío.


Jadeante, recordó por un momento el estado de su agónico compañero. ¿Habría muerto o las heridas no eran tan graves? Dudó socorrerlo. El botín era mucho más importante que la vida de un mísero soldado que ante la colectividad nacionalsocialista valía lo mismo que un inocente judío.


Volvió a Hans boca arriba. La luz cada vez más débil iluminaba un cuerpo inmóvil y parcialmente rebozado, con una figura desencajada y ensangrentada. Le desabrochó el impermeable y palpó en su interior con rápidos y precisos movimientos. Ningún bolsillo interior, ninguna bolsa escondida.


Con destreza buscó en los bolsillos externos de la chaqueta.
-¿Dónde lo tienes hijo de puta?
Ningún sobre, ningún documento, ningún papel.


Furioso, descargó parte de rabia por la garganta y le escupió en la cara. Preso por una mezcla de ira y salvajismo buscó en los bolsillos interiores de la chaqueta. Allí, en el derecho, se encontraba el objetivo, el tesoro, el mensaje que andaba buscando... Un pequeño y simple papel plegado.


Sin pensarlo corrió hacia su compañero moribundo. Observó con detenimiento que su respiración era imperceptible, excepto unos débiles resuellos que sustentaban su hilo vital. Los brazos caían a ambos lados y la cabeza colgaba inútilmente del cuello, hacia la derecha. Sin escrúpulos, tal y como fue adiestrado, le quitó la pistola e intentó rematarlo cuando de pronto le vinieron a la mente, y como imponentes recuerdos, imágenes disfrutando con aquel joven: regodeos nocturnos, apuestas de naipes, algún que otro robo, otros tantos asesinatos... Se guardó el arma y dejó que la naturaleza siguiera su curso, abandonándolo a su suerte prevaleciendo en él la entrega del solicitado papel.


Rápido como una rata volvió hacia la escasa luz que aún emitía la agonizante motocicleta. Con asombrosa rapidez y movimientos de asesino profesional, abotonó la húmeda chaqueta y le cerró el chubasquero. Mojado y jadeante desplegó el papel frente al foco y observó con detenimiento el manuscrito, mientras una mueca de victoria se dibujó en su sólida expresión.
http://www.forbesbookclub.com/bookpage.asp?prod_cd=IZA9M

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15/02/07

Diario de Guerra: George Orwell


George Orwell

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DIARIO DE GUERRA (1940-1942)
de ORWELL, GEORGE
EDITORIAL SEXTO PISO
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Rustica
ISBN: 8493473960
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RESUMEN:

Diario de guerra 1940-1942 es el recuento personal de uno de los principales escritores políticos de todos los tiempos sobre su propia experiencia durante la Segunda Guerra Mundial.
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Diario de guerra 1940-1942 es el recuento personal de uno de los principales escritores políticos de todos los tiempos sobre su propia experiencia durante la Segunda Guerra Mundial.
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Frustrado porque su incapacidad física le impedía enlistarse en el ejército británico, Orwell pasó este periodo en Londres, entre bombardeos y amenazas de una largamente anticipada invasión de Hitler, misma que nunca se produjo. El lector encontrará un testimonio de primera mano que muestra a un Orwell pesimista, derrotista y acérrimamente crítico de la clase gobernante inglesa, siendo uno de sus blancos predilectos un político de la época llamado Winston Churchill.
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Sin embargo, más que un mero testimonio histórico, lo que se ofrece al lector es otra visión del conflicto, mucho más íntima, que permite comprender cómo se vivió en Londres, en lo cotidiano, aquella gran guerra que en las crónicas históricas aparece tan ajena y distante.
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Un poco a la manera foucaultiana, Orwell advierte que la gran política y los entramados de poder empiezan desde abajo. Que por grande que sea la distancia y la diferencia entre la cúspide y la base, siempre existe una relación, aunque pueda resultar ambigua e imperceptible para el observador común.
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Pero Orwell no es un observador común y así como no es casualidad que su gran testamento político, 1984, originalmente fuera a llamarse The Last Man in Europe, por lo alégorico de su personaje central, el común y corriente Winston Smith, en Diario de guerra 1940-1942 vemos cómo incluso estando inmerso en una guerra mundial que amenaza con acabar con Inglaterra, Orwell escruta los cimientos de la sociedad inglesa y no le agrada lo que ve, produciéndose afirmaciones como la siguiente: «Siempre, cuando camino por las estaciones del metro, me enferma la publicidad, las estúpidas caras que te miran y los estridentes colores, la general y frenética lucha por inducir a la gente a que gaste trabajo y material consumiendo inútiles lujos o dañinas drogas.
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Con cuánta basura barrerá esta guerra, si tan sólo podemos resistir el verano. La guerra es simplemente el inverso de la vida civilizada; su lema es Maldad, sé mi bondad?, y es tanto lo bueno de la sociedad moderna que en realidad es malo, que es cuestionable el que en un balance la guerra haga daño».
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